La Ciencia y la Humildad
Durante mi vida he interactuado con gente de ciencia, así como con personas religiosas, y últimamente he descubierto uno de los elementos de la personalidad de los verdaderos hombres de ciencia: la humildad.
La humildad es una habilidad particular que hace que los científicos puedan cuestionar incluso aquello que creen saber con certeza. Un verdadero científico pone sus conocimientos y sus creencias a prueba, y no teme al cambio cuando se descubre a sí mismo equivocado. Así la ciencia descubre la verdad a través de un proceso abierto de auto-crítica que proviene directamente de un esquema mental donde la humildad tiene un papel predominante.
Así la ciencia avanza rápidamente, gracias al abandono voluntario de preconceptos e ideas equivocadas por parte de los hombres que la ejercen. El hombre de ciencia reconoce y acepta que no está en el centro del Universo, que no ha nacido con el conocimiento y que el proceso de aprendizaje implica cometer errores, y aceptarlos.
En cambio los hombres de fé carecen de humildad. Rara vez dudan de sus propias creencias o de sus preconceptos, inclusive ante evidencia abrumadora de su equivocación. Son los hombres fé quienes ostentan el estandarte de la soberbia, creyendo tener el conocimiento absoluto y la verdad única e invariable. Nunca el hombre de fé se equivoca, porque su fé es la verdadera. Siempre piensa que quien está equivocado es quien profesa otra fé, o incluso el científico, que pone a prueba sus propias creencias en busca de la verdad.
Estos soberbios hombres de fé no sólo los encontramos religiosos, sino también políticos. Muchos se presentan a sí mismos como mesías, con respuestas y soluciones simples y absolutas a los problemas de la sociedad. Generalmente fallan en cumplir con su palabra, pero insisten en pensar que sus ideas son correctas, y que por razones externas no pueden cumplir con sus objetivos. Proyectan sus errores en otros, en lugar de aceptarlos con humildad.
Como un recordatorio a nuestros ancestros reptiles, muchos aceptamos a estos soberbios políticos y líderes religiosos con simpatía, e incluso compartimos su soberbia. Nos convertimos ciega y hasta orgullosamente en “creyentes”, y dejamos la humildad a un lado.